Huerto: ¿qué hacer con las plantas de hortalizas que han sufrido la ola de calor?
Nuestros consejos para devolverle la vida a su huerto después de las olas de calor
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Tomates con el follaje quemado o seco, ensaladas que se han espigado, judías raquíticas con vainas diminutas y que ya están secas, calabazas con hojas caídas… Con la sucesión de episodios de calor extremo, el huerto muestra un panorama bastante desolador. Ante este espectáculo tan lamentable, el jardinero no sabe qué hacer: ¿arrancarlo todo para empezar de cero o intentar salvar lo que todavía se pueda? Si tienes en cuenta que una planta hortícola castigada por el calor extremo no necesariamente ha muerto, descubre nuestros consejos para saber qué hacer con estos vegetales que están sufriendo.
Primera etapa: hacer un inventario minucioso del huerto
Las olas recurrentes de fuerte calor veraniego y la sequía dejan una huella profunda en los huertos. Cuando las temperaturas alcanzan o incluso superan los 40 °C durante varios días, y las noches siguen siendo cálidas, las plantas sufren estrés térmico e hídrico. Un estrés que provoca un auténtico trastorno en su metabolismo. Y cada especie responderá de forma diferente, según su Resistencia al calor y a la falta de agua.
Por eso, antes de tomar una decisión irreversible, es esencial hacer un diagnóstico preciso del estado de sus plantas potagères. Planta a planta, parcela a parcela, hortaliza a hortaliza. De hecho, algunos ejemplares que parecen totalmente secos pueden haber conservado un sistema radicular profundamente anclado en el suelo. En otros casos, en cambio, ya no hay margen para la esperanza… y es preferible retirarlos para evitar que se pudran o para no atraer a los parásitos. Si estas plantas están libres de enfermedades criptogámicas, como el mildiu, pueden ir al compost. Así, no se habrán perdido del todo y volverán a la tierra…

Una masa foliar seca no significa que la planta haya muerto
¿Cómo evaluar los cultivos de verano? Es posible que varios indicios le ayuden a valorar la magnitud de los daños:
- La presencia de yemas apicales, incluso bien escondidas, pero verdes y flexibles, es una buena señal. Hay esperanza de recuperación, incluso si todo el follaje se ha “quemado” por los rayos del sol
- El estado del collar también es fundamental. Si está blando, podrido, completamente seco o dañado por parásitos, ya no hay mucho que hacer. En cambio, si está sano, se puede esperar que la planta vuelva a brotar
- Tirando ligeramente de la planta, también podrá hacerse una idea de su estado. Si se arranca sin resistencia, no es una buena señal: las raíces han desaparecido por completo, literalmente “quemadas” por el calor o devoradas por los parásitos. En cambio, si la planta ofrece resistencia, el sistema radicular sigue vivo
- Una planta cubierta de frutos todavía verdes que no maduran a menudo ha frenado su crecimiento para asegurar su supervivencia. Pero no está necesariamente muerta. Si las temperaturas vuelven a la normalidad, los frutos, aunque sean más pequeños que su tamaño habitual, pueden llegar a madurar.
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Una vez establecido el diagnóstico, ¡a la acción! Y no vas a intervenir de la misma manera en las diferentes hortalizas; cada una tiene necesidades posteriores a la canícula bien distintas.
La gestión de las Solanáceas
Los tomates, los pimientos, las berenjenas, los chiles son, en el huerto, las estrellas del verano. Pero también son plantas extremadamente sensibles a las variaciones de temperaturas y al calor intenso. A partir de 35 °C, la polinización se detiene de golpe, las flores se caen y el follaje literalmente se quema si no se pone a la sombra. Por eso es importante actuar para salvar lo que todavía se pueda, es decir, algunas frutas que aún no están maduras. Son necesarias dos intervenciones, pero hay que realizarlas sin excesos:
- ¡Podar, pero con moderación! En el corazón de los veranos normales, los jardineros tienden a podar para canalizar el vigor de los tomates y otras Solanáceas. En el periodo posterior a la canícula, es un poco diferente. No hay que eliminar más que las hojas completamente secas y necróticas, inútiles para la fotosíntesis, pero que siguen transpiranando. También puedes quitar los chupones que agotan la planta y, sobre todo, los últimos botones florales que no tendrán tiempo de dar lugar a frutos. El principal error en este caso sería eliminar casi por completo el follaje con la excusa de acelerar la maduración de los frutos. Al contrario: es imprescindible dejar follaje, aunque sea imperfecto, que desempeñe el papel de escudo térmico e impida que los frutos se quemen
- ¡Regar con suavidad! Tras un largo periodo de sequía, los jardineros pueden pasarse con el riego. Empapan sus tomates y otros pimientos con agua. De nuevo, es un error. Sencillamente porque, después de sucesivas canículas, el suelo está tan seco que se ha vuelto impermeable. Resultado: el agua corre por encima y no penetra en el suelo. Además, un riego brusco sobre raíces sedientas provoca la rotura de los frutos, especialmente en el caso de los tomates. Así que, tras una canícula, es mejor regar de forma moderada pero repetida, siempre en la base para no mojar el follaje. De este modo, el agua podrá penetrar más fácilmente. Asimismo, no dudes en renovar el acolchado unos 10 cm.
La gestión de las Cucurbitáceas
Las calabacines y las diferentes calabazas, los calabazas y calabazas potimarron, los melones y los pepinos también sufren la canícula. Y es muy visible. En efecto, sus grandes hojas transpiran muchísimo, así que se agachan durante el día. ¡Sin pánico! Es un mecanismo de defensa sencillo frente a las altas temperaturas y, al día siguiente por la mañana, las hojas recuperan la mayoría de las veces su aspecto natural, siempre que se riegue. Tras las canículas, el follaje de las Cucurbitáceas también puede mostrar manchas blancas o amarillentas debidas a las quemaduras solares; pero mientras el corazón de la planta siga sano y verde, no pasa nada.

Después de un periodo de canícula, es indispensable eliminar las hojas amarillentas que tocan el suelo
Después de un periodo de canícula, es indispensable eliminar las hojas amarillentas que tocan el suelo, ya que son una puerta de entrada ideal para el desarrollo del oídio, que suele prosperar en plantas debilitadas por la sequía. Para las calabazas y los melones, no dudes en ocupar por estratificación unos cuantos nudos secundarios en un suelo fresco enriquecido con compost maduro para permitir que el plantón compense un sistema radicular probablemente debilitado por la sequía.
El caso delicado de las hortalizas de hoja
Son sobre todo las lechugas las que pagan el precio más alto de la canícula. Sometidas al estrés térmico, activan su proceso de supervivencia subiendo a semilla, volviéndose duras y amargas. En este caso, no hay mucho que hacer: hay que arrancarlas. Y si tienes gallinas, se van a dar un festín con esta verdura. Además, liberarás espacio para sembrar o trasplantar lechugas de otoño. También puedes aprovechar para sembrar canónigos o rúcula.
En cuanto a las alubias (aunque no sean hortalizas de hoja de pleno derecho, sino fabáceas), ¡no todo está perdido! Retira el follaje dañado y las vainas completamente tostadas y secas, escarda el suelo alrededor de las plantas, riega en profundidad y vuelve a colocar una capa de acolchado. En cuanto el termómetro marque temperaturas más adecuadas, las plantas volverán a florecer y podrás conseguir una cosecha tardía.
Y si vives en una región con un clima templado, siempre puedes intentar rehacer una siembra. Y quizá consigas una bonita cosecha de otoño.
Cuidar también el suelo para salvar el sistema radicular
Ciertamente, durante los episodios de fuerte calor, es la parte visible de las hortalizas la que más sufre, agotada y quemada por los rayos del sol. Pero el sistema radicular no está excluido, ya que tiene que lidiar con un suelo compacto y duro, donde la vida microbiana se adormece o muere, y donde el oxígeno se vuelve más escaso. Es verdad que, con un acolchado, los daños son menores, pero aun así el suelo sufre. Y si tu suelo ha permanecido desnudo durante todo el verano, es inevitable que se haya formado una costra de batimiento, impermeabilizando el terreno. El agua escurre en lugar de penetrar en la tierra. Por tanto, es primordial reactivar este suelo para devolverle la vida.
En primer lugar, puedes practicar una azada ligera, que ayudará a romper la costra de batimiento y devolver cierta porosidad a la tierra. Evita, eso sí, la horca excavadora profunda, que solo removería los micro-organismos que todavía estén vivos, seguramente refugiados en profundidad. Como mucho, si tu suelo es realmente muy compacto, dale un pequeño golpe con grelinette® o con horquilla para escarificar.
Una vez hecho este trabajo, vuelve a poner una buena capa de acolchado. Como seguramente habrás agotado tus reservas de cortes de césped secos, apuesta por la paja o por el BRF (madera de ramas trituradas).

Volver a poner una buena capa de acolchado después de una ola de calor es esencial
En las superficies dejadas libres por las hortalizas arrancadas, para estimular la vida microbiana del suelo, no dudes en depositar una capa fina de compost maduro. También puedes hacerlo en la base de las plantas que se hayan debilitado por las olas de calor, que así se beneficiarán de un aporte nutritivo de difusión rápida. Y todo ello sin riesgo de quemar las raíces.
Por último, olvida los abonos que serían totalmente contraproducentes: abonar una planta estresada la agotará aún más. Como mucho, puedes dar un riego con una dosis baja de purín de consuelda o de ortiga para estimular los micro-organismos del suelo y despertar un suelo fatigado. ¡Pero con la mano ligera!
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Riego por goteo: ¿es realmente la panacea?Pensar en los cultivos de otoño
Después de un verano desastroso en el huerto, sobre todo es imprescindible pasar página. Es cierto que las cosechas han sido malas, pero piense en el otoño. El suelo aún está caliente; algunas lluvias tormentosas han llenado los depósitos de agua. Ya habéis hecho lo necesario para intentar devolverle la vida a la tierra, así que pasamos a los cultivos de otoño y de invierno. Ahora podéis sembrar o plantar col crespa, Brócoli, Col de Bruselas, Nabo, espinacas de invierno, lechugas de invierno… y todavía más verduras deliciosas. Aprovecharán las noches más frescas para arraigarse antes de las primeras heladas.
Y si consideráis que vuestro suelo está realmente demasiado agotado para una nueva temporada de cultivo de verduras, no lo dejéis, sobre todo, sin cubrir. Siembra ya abonos verdes como la phacelia, la veza de invierno, el Centeno, el trébol. Estas plantas airearán y estructurarán el suelo, alimentarán la tierra, ofrecerán un refugio a la microfauna y evitarán la proliferación de las malas hierbas.
Y, sobre todo, empezad a anticiparos a los próximos veranos, que con los años corren el riesgo de volverse todavía más calurosos, replanteándoos vuestra forma de jardinear. La sombreado del huerto va a volverse indispensable, igual que la gestión del agua mediante la instalación de sistemas de riego por goteo, de tubos micro-poreosos, de‘oyas, o la recuperación sistemática de las aguas grises.
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