¿Sueñas con un muro cubierto de plantas trepadoras con flores, o con una pérgola invadida por una vegetación exuberante? Es un proyecto precioso… pero las cosas pueden torcerse enseguida si no te organizas bien. Porque seamos sinceros: entre el jazmín que prefiere rastrarse que trepar, la clemátide que se marchita en pocos días y la glicinia convertida en un monstruo invasor, hay motivos para contar historias bonitas… Así que, si estás listo para equivocarte con estilo, para transformar tus sueños verdes en desastres vegetales memorables, ¡sigue la guía!
Y si, por casualidad, por el camino decides que plantar correctamente tus trepadoras no sería una idea tan mala, no te preocupes: ¡bastará con hacer exactamente lo contrario de todo lo que te vamos a decir aquí!
¡Vamos allá! Te espera la gloria del fracaso hortícola.
Elige al azar tu planta: la base del fracaso
Si quieres estar seguro de que tus trepadoras no saldrán bien, empieza por elegir tu planta solo por su aspecto o por la impresión del “me enamoré” que tuviste en el centro de jardinería. ¿Quién necesita preguntarse si esta magnífica buganvilla puede sobrevivir en tu jardín en Alsacia? ¡Desde luego que no tú!
¿Por qué fiarte del clima ideal para una planta? Instala una planta mediterránea en una región fría o una variedad alpina bajo el sol abrasador del Sur. Resultado garantizado: una planta deprimida (o incluso agonizante) y un jardinero frustrado.
Tampoco tengas en cuenta la orientación. Da igual si tu muro mira al norte y no ve nunca el sol. Pon ahí una planta a la que le encanta la luz, como un jazmín, y mira cómo se va apagando.
Te encanta esta preciosa clemátide, pero tu jardín no es más que una sucesión de piedras y arena. ¿O sueñas con una glicinia en un suelo calizo? No pasa nada: no tengas en cuenta la naturaleza del suelo de tu jardín y plántala igualmente. Una planta que no encuentra nutrientes, es perfecto para un fiasco rápido.
Ya lo habrás entendido: para tener éxito, hay que elegir plantas adaptadas a tu clima, a la exposición de tu jardín y a la calidad del suelo. Pero no estamos aquí para eso… ¿verdad?

Planta en la estación equivocada: es mucho más divertido
Si quieres maximizar las posibilidades de equivocarte, olvida por completo el calendario. ¿Por qué esperar a la primavera o al otoño, esas estaciones en las que las condiciones son ideales? No: para equivocarte, mejor elige los extremos.
Plantar en pleno invierno, cuando el suelo está helado, es una excelente idea para que tus trepadoras se enfrenten directamente a una prueba de supervivencia.
¿Prefieres plantar en pleno verano? Perfecto. Elige un día de ola de calor. El suelo reseco y el aire abrasador ofrecerán una combinación ideal para estresar tu planta desde el primer minuto. No lo olvides: una trepadora trasplantada a 30 °C (o más) es como correr un maratón sin agua… salvo que nunca terminará la carrera.
Así que, para una plantación con éxito, recuerda simplemente que las estaciones suaves como el otoño y la primavera son tus aliadas.

Ignora el suelo: es un detalle insignificante
Para fallar al plantar tus trepadoras, no hay nada más simple: no te preocupes por el suelo. Al fin y al cabo, la tierra es tierra, ¿no? ¿Por qué perder el tiempo analizando su composición o comprobando su retención de agua?
Planta directamente en un suelo compactado, tan duro como una acera, y observa cómo tu trepadora lucha desesperadamente para hundir sus raíces. Y si tu terreno queda empapado después de cada lluvia, mejor todavía: a las raíces les encantará ese “baño” permanente… que acabará ahogándolas.
Si tienes un suelo arenoso, déjalo tal cual. ¿Se van los nutrientes con la mínima gota de agua? Pues mala suerte para tu planta: si quería comer, que hubiera sido más resistente.
En resumen, no hagas ningún esfuerzo por mejorar tu suelo. Ignora por completo la importancia de un buen drenaje o el aporte de compost.
Y si de verdad quieres que crezca… la clave del éxito es un suelo bien preparado, ni demasiado pesado ni demasiado drenante, con un aporte de compost o estiércol para enriquecerlo. Para eso, puedes leer nuestro artículo: Cómo mejorar la retención de agua de un suelo

Olvida el tutorado: deja crecer en modo “freestyle” total
Para una trepadora, no hay nada más eficaz que eliminar por completo el soporte. ¿Por qué molestarse en instalar una estructura de celosía, una pérgola o alambres tensados? Deja que tu planta se encargue sola. Después de todo, se supone que debe trepar, ¿no? Encontrará la manera… o no.
Si quieres añadir un toque de caos, instala un soporte totalmente inadecuado. ¿La hiedra tiene zarcillos con los que se agarra a fachadas y muros? ¡Pues dale una red! La clemátide tiene zarcillos? ¿Una superficie plana sin nada para enroscarse le vale? ¡Claro! ¿Y por qué no una cuerda demasiado fina o un tutor mal puesto? Con el primer golpe de viento, todo se vendrá abajo y tu planta acabará en el suelo, desanimada.
Aún mejor: déjala rastrera. Sin una estructura donde agarrarse, tu hiedra o tu madreselva decidirá extenderse suavemente sobre el suelo. Ya no es una planta trepadora: es una planta rastrera, pero al menos habrás innovado.
Para los perfeccionistas del fracaso, coloca el soporte demasiado lejos de la planta. Los tallos buscarán desesperadamente dónde agarrarse, sin alcanzar nunca su objetivo. ¡Una lección preciosa de frustración vegetal!
Obviamente, para tener éxito, basta con instalar un soporte sólido y adecuado desde el principio. Incluso podrías leer este artículo lleno de consejos: Tutores y soportes para plantas: todo lo que necesitas saber para elegirlos bien. Pero ¿dónde estaría la diversión si no hubiera un poco de caos?

Riega (o no) como un pro… del sabotaje
Si sueñas con una trepadora que se marchite rápidamente, el riego es tu mejor arma. Tienes dos opciones: hacerlo demasiado o no hacerlo nada.
Para quienes aman los excesos, riega abundantemente, todos los días, incluso cuando llueva. Asegúrate de que el suelo esté siempre empapado. Las raíces, privadas de oxígeno, se ahogarán lentamente, pero con seguridad. Verás cómo tu planta se pone amarilla, se desploma y, finalmente, se rinde.
Por el contrario, si prefieres el “modo secano”, deja que la planta se las arregle. Déjala en paz durante los periodos de calor, aunque muestre signos evidentes de sed. Una trepadora que se seca es una trepadora que ya no trepa.
Por último, para un resultado aún más caótico, riega de manera completamente aleatoria. Una semana de diluvio seguida de diez días de sequía… lo que basta para desestabilizar tu planta y garantizar su desgracia.
El secreto de una planta sana: regar lo justo, cuando toca, teniendo en cuenta el tiempo y las necesidades específicas de tu trepadora. Pero… ¿dónde estaría el drama si todo saliera bien?
Planta sin tener en cuenta el espacio: viva la improvisación
Para garantizar el fracaso total, planta tu trepadora donde quieras, sin preguntarte qué será en unos meses o años. Al fin y al cabo, ¿para qué planear cuando puedes improvisar?
¿Sueñas con una glicinia? Perfecto: instálala al pie de una celosía frágil o justo al lado de tu bajante. Te sorprenderá ver cómo esa fuerza de la naturaleza acaba doblando, rompiendo e incluso arrancando todo lo que se encuentre a su paso. Si empieza a invadir tus ventanas, tu tejado o incluso la casa del vecino, ¡es que has conseguido no anticiparte!
Aún mejor: planta tu glicinia o un buganvillero justo al lado de tu red de canalizaciones. Las raíces jóvenes se meterán en el más mínimo hueco o se enredarán alrededor de las tuberías. Al cabo de unos años, tu fontanería podría darte algunas sorpresas: infiltraciones, tuberías obstruidas y, por qué no, una pequeña inundación para rematar. Total, ¿quién habría pensado que una planta podía divertirse tanto con tus infraestructuras?
Y ya puestos, ¿por qué pensar en el espacio disponible? Instala varias trepadoras juntas en la misma maceta o al pie del mismo soporte: es ideal para crear atascos vegetales. Con un poco de suerte, sus trepadoras se ahogarán entre sí.
No pienses nunca en el mantenimiento futuro. ¿Para qué podar o controlar el crecimiento? Deja que tu planta se convierta en una maraña salvaje, imposible de desenredar. Una jungla desordenada, donde la humedad ambiental quedará atrapada y eso favorecerá la aparición de hongos y otras podredumbres. ¿No es mucho más espectacular?
Para tener éxito, basta con elegir bien la ubicación, contar con suficiente espacio y prever un soporte sólido adaptado al tamaño adulto de la planta. Y no descuidar la poda.

Ignora por completo las enfermedades y las plagas
Para una trepadora en pésimo estado, adopta la estrategia del “dejar hacer”. ¿Quién necesita vigilar la planta para detectar los primeros signos de enfermedades o la llegada de plagas? ¡Desde luego que no tú!
Si se instalan pulgones y convierten tus brotes jóvenes en un bufé a voluntad, déjalos tranquilos. Quizá acaben yéndose por sí solos… o no.
¿El oídio cubre tus hojas con un bonito velo blanco? Trátalo como una decoración natural. En cuanto a las babosas y los caracoles que se comen tus tallos jóvenes, ¿por qué espantarlos? Total, tienen que comer, ¿no?
Para rematar, no podar nunca las partes enfermas o dañadas. Deja que esas infecciones se propaguen tranquilamente: pronto tu planta se convertirá en una obra maestra de desolación. Y, sobre todo, no desinfectes tu tijera entre dos podas: ¡nada mejor para transmitir enfermedades de una planta a otra!
Si de verdad quieres perfeccionar este método, evita aportar cualquier cosa a la planta para ayudarla a defenderse: ningún tratamiento natural (purines o decocciones), nada de jabón negro y, sobre todo, no uses acolchado para alejar las plagas o proteger el suelo de las variaciones de temperatura. Una trepadora a la deriva es una trepadora destinada al fracaso.
Obviamente, para tener éxito, bastaría con vigilar regularmente tu planta, tratar los problemas pequeños de forma rápida y mantener un entorno saludable. Pero eso es para jardineros prudentes… no para ti, ¿verdad?

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