
¿Cómo obtener cosechas abundantes en el huerto a pesar de un suelo húmedo?
Los secretos para un huerto exitoso incluso en suelos húmedos
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Un suelo húmedo presenta desafíos y oportunidades únicas para la jardinería. Su tendencia a retener el agua puede ser problemática, creando un medio propicio para las enfermedades criptogámicas y que puede resultar asfixiante para las plantas que no toleran un enraizamiento constante en un medio húmedo. Además, este tipo de suelo tiende a calentarse más lentamente en primavera, lo que retrasa el inicio de la temporada de crecimiento.
Sin embargo, con las técnicas adecuadas y una selección acertada de plantas, es perfectamente posible cultivar un huerto productivo en un terreno húmedo. En esta ficha de consejos, vamos a explorar trucos y recomendaciones prácticas para convertir un suelo húmedo en un aliado para tu jardín, permitiéndote sacar adelante tu huerto a pesar de los desafíos iniciales.
¿Cómo saber si la tierra está húmeda?
Si la cuestión no se plantea realmente junto a un lago, un estanque o un arroyo, a veces será más complicado deducirlo. Habrá entonces que echar mano del sentido de la observación o realizar algunas pruebas sencillas.
Observar la topografía
El relieve del terreno puede contribuir a retener el agua de lluvia. De hecho, si el terreno está en pendiente, el agua tenderá a escurrir hacia la parte baja; pero si el terreno es una depresión, se sitúa al pie de una ladera o en el fondo de un valle, entonces el agua tenderá a acumularse allí.
En cuanto a un jardín relativamente llano, puede que exista un acuífero o manantiales subterráneos justo debajo. A veces puede observarse tras precipitaciones intensas o varios días seguidos de lluvia: las llanuras se cubren de agua y los sótanos no estancos se inundan. Para confirmar o descartar por completo esta pista, harán falta los servicios de un zahorí. También puede hallarse información en el nombre del lugar donde nos encontramos. Por ejemplo, en ciudades y pueblos como: Lille (una ciudad antaño rodeada de marismas que formaban una isla), Allennes-les-Marais, Les Hautes-Rivières, Beaulieu-les-fontaines, etc.
Reconocer las plantas que prosperan en este tipo de terreno
Además de la topografía, también puede observarse la vegetación que se desarrolla naturalmente para deducir la naturaleza del suelo. De hecho, una concentración de plantas higrófitas, es decir, que viven en un suelo constantemente húmedo y a veces incluso inundado, será un buen indicador. Entre ellas se encuentran, en particular: el cardo palustre, el Berro, el Berro amargo, el gálio de los pantanos, la salicaria, variedades de junco (escaso, aglomerado), el lirio amarillo (Iris pseudacorus), el ranúnculo rastrero y el ranúnculo flámula, el lícopo europeo, el lisimaco común, el epilobio hirsuto y el epilobio de flores pequeñas, pero también el Aliso común y el sauce ceniciento.

Lisimaco común, aliso común y ranúnculo rastrero
La particularidad de los suelos arcillosos
Existen distintos tipos de suelo: algunos son especialmente drenantes (alta concentración de arena) y otros, por el contrario, retienen el agua. Es el caso de los suelos arcillosos, que se hinchan en presencia de agua y se contraen cuando esta falta. Este fenómeno es tal que, en periodo de sequía, el terreno forma pequeñas grietas, mientras que en invierno el suelo está fangoso y la tierra resulta muy pegajosa.
Un método rápido permite conocer la composición del suelo: la prueba del frasco. Para realizarla, se necesita un frasco de un litro lleno a 2/3 de agua. Después, hay que tomar una muestra de la tierra que se quiere analizar y llenar con ella el frasco. Agitar enérgicamente y dejar reposar unas horas. Como la arena es el elemento más pesado, se depositará primero en el fondo, seguida por el limo y, por último, la arcilla. Así, cuanto mayor sea la proporción de arena, más se calificará el suelo de arenoso; cuanto más arcilla contenga, más se calificará de arcilloso, etc.
También en este caso, la observación de la vegetación puede indicar un suelo arcilloso: plantas fácilmente identificables como el diente de león, el cardo de los campos y el llantén proliferan allí.
Por último, un método sencillo permite comprobar si se trata de un suelo arcilloso: la prueba del anillo. Consiste en humedecer un puñado de tierra, amasarlo entre las manos y formar un anillo. Si no supone ninguna dificultad, no hay duda: es una tierra arcillosa.
Cavar un hoyo
¿Se anuncian lluvias? Perfecto, es el tiempo ideal para realizar una última prueba. Para ello, hay que hacerse con una pala y cavar un hoyo lo bastante profundo y ancho (al menos 50 cm). Tras un chaparrón fuerte, observa el tiempo que tarda el agua en escurrirse; cuanto más tarde en evacuar, menos drenante será el suelo. Algunas referencias: menos de una hora, el suelo es demasiado drenante; más de cuatro días, ocurre lo contrario; lo ideal está entre ambos valores, es decir, entre uno y dos días.
Ver también
12 vivaces para suelo pesado y húmedo¿Cómo puede ser esto un problema para el huerto?
Estos suelos son, en su mayoría, arcillosos (retienen los nutrientes) o húmedos (compuestos en gran parte de humus). Es un buen punto para instalar el huerto, porque son terrenos ricos y fértiles, pero la abundancia de agua también trae sus inconvenientes.
Las enfermedades criptógamas
Las enfermedades criptógamas (o fúngicas) son obra de hongos u otros organismos parásitos. La mayoría de los hongos necesitan humedad para que se desarrollen bien. Esto es cierto para los que consumimos (boletus, trufas, rebozuelos, etc.), los micorrícicos (viven en el suelo en simbiosis con las plantas) y también los criptógamos.
Casi el 90 % de las enfermedades que afectan a las plantas están causadas por estos hongos. La infección se produce en tres etapas: las esporas se depositan en el huerto por el viento o la lluvia; el hongo se desarrolla y alcanza la planta (los síntomas aún no son visibles); y, por último, aparecen los primeros signos de la enfermedad.
Por desgracia habrá que cortar las partes infectadas para detener la propagación y quizá lograr salvar la planta. Atención: no hay que compostar las plantas infectadas; las esporas resisten al calor y, al usar el compost, reintroduciremos el hongo en el suelo. Hay que actuar rápido al aparecer los primeros síntomas, pues significa que el hongo está preparando sus esporas; el riesgo de contaminación del resto del jardín es muy alto.
Entre las enfermedades criptógamas más conocidas están el mildiu, la podredumbre gris, la roya y la pudrición de las plántulas. A menudo provocan la podredumbre de las raíces o de la planta, causan retrasos de crecimiento, atrofian frutas y hortalizas o impiden la fructificación. Limitar la humedad constante y la rotación de cultivos ayuda a evitar la aparición de estas enfermedades.

Enfermedades como el mildiu prosperan en climas y suelos húmedos
Un suelo frío
La primavera parece ser el mejor momento para poner en marcha el huerto, pero atención, aunque la naturaleza despierta, no hay que precipitarse. Marzo suele ser sinónimo de precipitaciones abundantes (los famosos chubascos de primavera) y todavía se producen heladas tardías en mayo (los célebres Santos de Hielo). Conviene recordar que no es el suelo el que se congela, sino el agua que contiene; por lo tanto, un terreno húmedo es propenso a las heladas. A comienzos de la primavera, los días aún son cortos y la insolación no basta para calentar los suelos húmedos.
Numerosas variedades de hortalizas, en especial las hortalizas de fruto (tomates, calabacines, pepinillos, pimientas, berenjenas, etc.) necesitan calor para que se desarrollen bien. El riesgo de un suelo frío es que la germinación no se produzca, sea demasiado lenta o se retrase. Los plantones serán de mala calidad, la cosecha será incierta o incluso nula. Para limitarlo, es habitual preparar la siembra en invernadero, en cama caliente, y Trasplantar de una maceta a otra plantones algo más robustos en el periodo adecuado.
Truco: Se puede saber si el suelo se ha calentado lo suficiente observando dos elementos al rascar superficialmente: la tierra no se pega a la herramienta y las semillas de las malas hierbas han empezado a germinar.

La primavera ya está aquí, sí, pero en suelo húmedo hay que esperar un poco más a que se caliente
Un suelo asfixiante
Se sabe que las raíces de las plantas sirven para extraer el agua del suelo, pero no solo eso. En efecto, también les sirven para captar los nutrientes y minerales esenciales para su crecimiento. Además, “respiran” gracias al aire presente en las porosidades del suelo.
Por consiguiente, un suelo compacto o anegado se considera asfixiante, porque está poco aireado. La planta se verá debilitada por esa falta de oxígeno, será presa de enfermedades y plagas, la fotosíntesis no se realizará correctamente, las raíces no explorarán en profundidad y, por supuesto, la cosecha será escasa y de mala calidad.
Se habla de anoxia cuando la asfixia es total y de hipoxia cuando es parcial. Los síntomas son los siguientes: pardeamiento y podredumbre de las raíces y/o de la parte baja del tallo, amarilleo y necrosis de los folíolos o de las hojas inferiores de la planta, crecimiento ralentizado.
Las raíces necesitan una concentración de oxígeno del 10 %. Se puede airear el suelo de diferentes maneras:
- Voltearlo con una pala o con un motocultor; esto descompactará el suelo y creará pequeñas cavidades;
- Favorecer el desarrollo de los microorganismos presentes en el suelo; crearán numerosas galerías, lo que mejorará el drenaje del terreno.
¿Cuáles son las soluciones?
Por suerte, tener un suelo húmedo no es una condena. Existen métodos más o menos sencillos, más o menos adaptados a la naturaleza del jardín, para sortear o resolver este problema.
Instalar una red de drenaje
El método más duradero, aunque también el más laborioso de implementar, consiste en crear una red de drenaje. Para ello, hay que abrir una zanja en el sentido de la pendiente en medio del futuro huerto, de la misma anchura que los surcos mencionados arriba, pero más profunda: al menos 70 cm. Después, habrá que abrir zanjas perpendiculares, aproximadamente cada 4 metros, con una ligera inclinación hacia la zanja central. El paso siguiente consiste en instalar un geotextil grueso y luego una vaina especial de drenaje en cada zanja. El geotextil evitará que las vainas se obstruyan. Después solo queda rellenar las zanjas con una capa de grava de al menos 20 cm de espesor y, después, con tierra. Ahora bien, una vez más, este método no es adecuado para terrenos arcillosos.
Abrir surcos
Para desecar un terreno demasiado húmedo, abrir surcos en distintos puntos estratégicos del jardín resulta un método eficaz y relativamente sencillo de poner en práctica. Basta con hacerse con una pala y cavar surcos en el sentido de la pendiente (si el terreno no es llano). Deben tener una profundidad de unos 30-40 cm y 20 cm de ancho. Una vez abiertos, basta con rellenarlos con arena de río y listo. La arena permitirá que el agua escurra con mayor facilidad. Eso sí, este método es inútil en un suelo arcilloso, porque la arcilla retendrá el agua de forma natural.
Crear un suelo vivo
Otra idea consiste en enmendar el suelo para volverlo vivo, es decir, favorecer la vida de los (micro)organismos que alberga. Entre ellos se encuentran, en particular, bacterias, lombrices, insectos e incluso hongos. Su función es descomponer la materia orgánica, creando así nutrientes esenciales para el crecimiento de las plantas. La regla primordial para aportar vida al huerto es mantener siempre una cobertura del suelo, ya sea con un acolchado, ya sea sembrando un abono verde (planta elegida por sus aportes al suelo, no se cosecha). También se pueden dejar las raíces en tierra durante la cosecha; los microorganismos las degradarán y las galerías que dejen facilitarán el escurrimiento del agua. Este método es más lento que el primero, porque hay que dar a la naturaleza algo de tiempo para hacer su trabajo. Este método combina muy bien con el anterior.
El cultivo fuera del suelo
En lugar de resolver el problema del agua, instalar un huerto elevado permite sortearlo. Así se prescinde de las limitaciones del suelo creando el suelo ideal según las necesidades. Las opciones son muchas: por ejemplo, bancales cuadrados, mesas de cultivo altas para facilitar la jardinería o incluso un bancal en montículo de permacultura. Antes de empezar y elegir, conviene definir necesidades, porque habrá que decidir la materia a aportar para elevar el huerto: una mezcla de tierra vegetal, humus, compost (e incluso madera muerta en el caso de un bancal en montículo) en proporciones diferentes según el cultivo que se quiera implantar. Esa es la gran ventaja de este método: se conoce perfectamente la composición del suelo y queda listo para acoger el huerto. Se recomienda una elevación mínima de 40 cm para evitar que las raíces alcancen demasiado pronto el suelo original; esta proximidad permitirá los intercambios nutritivos entre ambas capas y las plantas tendrán una reserva de agua al alcance de las raíces si es necesario.
Cultivo de hortalizas adaptadas
El método más rápido y sencillo consiste en plantar solo hortalizas adaptadas al suelo. Así, en un suelo arcilloso, daremos prioridad al cultivo de alcachofas, berenjenas, acelgas (acelga de penca), escarolas, coles, espinacas, judías, guisantes, ruibarbo, tomates. Las hortalizas de raíz no toleran suelos asfixiantes, pero aun así pueden adaptarse a los suelos arcillosos. Por último, la naturaleza del suelo también influye en el sabor.
En cambio, en un suelo bien húmedo, conviene inclinarse por el cultivo de berenjenas, pepinillos, calabacines y, en general, las calabazas, melones, guindillas y pimientos. Aunque esta sea la solución más fácil, limitarse a cultivar únicamente las hortalizas adaptadas no resulta muy satisfactorio.

Elevar, cultivar hortalizas adaptadas, acolchar y abrir surcos: algunas de las ideas para remediar el suelo húmedo
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