
Microclimas en el jardín
Saber observar y reconocer microclimas en el jardín
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El clima es un parámetro importante cuando se habla de jardinería. Variaciones de temperatura, humedad más o menos elevada, influencia del viento, periodos de heladas… tantos factores que orientan nuestras elecciones respecto a las plantas que se pueden considerar en un jardín o en una terraza. Pero más allá de los climas propios de cada región (oceánico, de montaña, continental, mediterráneo…), cada lugar posee sus propias características, que pueden diferir de las de su vecino. Hablamos entonces de microclimas, que crean condiciones que el jardinero puede aprovechar o de las que debe cuidarse. Aprender a observar y reconocer las diferencias que coexisten en nuestros jardines es, por tanto, especialmente importante para optimizar nuestras elecciones y nuestras intervenciones. Te propongo un breve repaso de todas estas condiciones, para, en cierto modo… ¡poner el clima de tu parte en tu jardín!
¿Qué es un microclima en el jardín?
Un microclima se define como el «conjunto de las condiciones climáticas de un espacio homogéneo muy reducido y aislado de su entorno general». Algunos científicos incluso habrían puesto de manifiesto que los lados de un hormiguero presentan climas diferentes, y que las hormigas adaptan sus actividades en función de cada uno de ellos. Parece entonces perfectamente lógico abordar esta cuestión cuando llega el momento de analizar las condiciones en las que un jardinero desea cultivar distintas plantas en su jardín. Este puede, de hecho, presentar variaciones muy diferentes de un lugar a otro, incluso en los espacios más pequeños.
Observar indicios naturales
- La topografía del jardín, es decir, su configuración y relieve, ya ofrece valiosas pistas sobre las diferencias climáticas que se dan en él. Así, las zonas elevadas (taludes, pendientes, muretes…) aseguran naturlamente un drenaje mayor, lo que se traduce en un suelo más seco. Puede ser una ventaja para cultivar algunas plantas que no soportan tener las raíces encharcadas. Según la ubicación de estas zonas, atención a su exposición al viento, que puede debilitar ciertas plantas (desecación del follaje, acentuación del frío percibido, tallos rotos…).
- Por el contrario, las partes bajas del jardín, aunque estén más resguardadas del viento, favorecen el estancamiento del agua, actuando como un embudo en el que se acumulan las lluvias y las aguas de escorrentía. Al recibir los rayos del sol más tarde, tardan más en calentarse. Algunas plantas se adaptan a estos suelos pesados y húmedos.
- Cuando llega el otoño, fíjate si las hojas caídas al suelo se agrupan en uno o varios puntos concretos del jardín. Eso te da una pista sobre los corredores de viento que lo barren, información valiosa porque algunas plantas son especialmente sensibles a las rachas (efectos mecánicos, con riesgo de rotura, y también acentuación del frío percibido).
- En invierno, seguramente observas que la escarcha o la nieve permanecen más tiempo en algunos lugares que en otros, indicándote por dónde evitar instalar las plantas más sensibles al frío. Además, una zona fría resulta mucho más problemática si el suelo permanece húmedo en invierno; esa conjunción de frío/humedad puede ser a veces fatal. No obstante, algunas plantas temen más los periodos de heladas/deshielos bruscos que el propio frío.
- Nuestras mascotas también son buenas aliadas. Los gatos suelen elegir a menudo los mejores lugares, más templados y resguardados en invierno, más frescos en las horas más abrasadoras del verano.
- Por último, no dudes en registrar temperaturas y pluviosidad en distintos puntos; pueden sorprenderte las diferencias posibles dentro de un mismo jardín.

Observa las zonas que permanecen heladas mucho tiempo en invierno y los corredores de viento
Influencia de los muros en un jardín
Es raro que un jardín no tenga ningún muro, ya sean los de la casa o muros de cerramiento. Según su exposición, influyen en gran medida en las condiciones climáticas de las que se benefician las plantas.
- Los muros expuestos al sur se calientan más rápido durante el día. Así acumulan calor durante el día y lo devuelven por la noche. Algunas plantas, algo sensibles al frío, se sienten más a gusto allí. Atención, sin embargo, a la reverberación que se produce (tanto más intensa cuanto más claro es el muro), y que puede perjudicar a ciertas plantas hasta llegar a quemarlas. Además, los muros orientados al sur están poco expuestos a los vientos dominantes, lo cual es una ventaja.
- Por el lado opuesto, los muros al norte están casi siempre a la sombra, aunque pueden beneficiarse de algo de luz directa a primera y última hora del día en las estaciones más luminosas. Crean zonas frescas y a menudo más frías, pero tienen la ventaja de no presentar grandes oscilaciones de temperatura. La sombra proyectada que generan es, además, menos problemática que la creada por la observada bajo las ramas directas de un árbol, por ejemplo (lo explico en el apartado 5).
- El este es la exposición más difícil de gestionar en lo que respecta a los muros. A veces están sometidos a vientos gélidos, se enfrían mucho por la noche, pero reciben directamente los primeros rayos del sol, lo que puede provocar un deshielo demasiado brusco y perjudicial. Esto supone, por supuesto, que no haya ningún obstáculo entre el sol y el propio muro (árbol, seto, casa vecina…).
- En el oeste, los muros tienen todo el día para que su temperatura aumente. Solo están expuestos al sol en la segunda parte del día y así evitan calentarse en exceso. Sin embargo, salvo algunas excepciones, los golpean los vientos dominantes, a veces violentos, y las lluvias que pueden acompañarlos.
- En cualquier caso, la presencia o no de un alero puede cambiar considerablementes las cosas. Estos aleros son como “paraguas” que limitan la entrada del agua de lluvia al pie del muro, sabiendo que estos lugares, además, pueden ser de mala calidad o pedregosos debido a la presencia de relleno.
- Por último, en algunos lugares (en particular en ciudad), es posible que el jardín, el patio o el patio interior estén rodeados de muros, a veces tan altos que impiden que la luz penetre. Esta configuración tiene, sin embargo, la ventaja de resguardar las plantas del viento y de las heladas fuertes, y permite intentar el cultivo de ciertas plantas que no sobrevivirían en un espacio más expuesto.

Un muro de granito devuelve mucho calor a las plantas. A la derecha, plantas más sensibles al frío están instaladas en rincones protegidos por muros: Strelitzias y Zantedeschias aethiopica (Fotos: G. David)
Ver también
Zonas climáticas y zonas USDA en FranciaSetos, barrera natural
El viento se agradece tanto cuando hace susurrar el follaje y bailar las gramíneas como se teme cuando amenaza tus plantas. Los setos, ya sean persistentes, recortados a tiralíneas, campestres, floridos o perfumados, constituyen además defensas eficaces contra el viento. Se admite comúnmente que un seto de 1 metro de altura filtra el viento a lo largo de 10 metros en el lado opuesto a la dirección de ese viento. Las plantas así resguardadas corren menos riesgo de tumbarse o quebrarse. Aunque un muro pueda parecer cumplir el mismo papel frente al viento, conviene saber que genera remolinos que pueden ser más perjudiciales que beneficiosos. El frío también es menos intenso junto a un seto, y la zona se calienta más rápido, sobre todo si está expuesta al sol. En cambio, cuanto más plantes junto al pie del seto, más seco estará el suelo, porque sus raíces extraen allí más humedad. Sin embargo, esto puede ser una ventaja para cultivar ciertas plantas poco exigentes.
→ Los setos pueden combinarse en distintos estratos: se plantan árboles grandes en la parte trasera, seguidos de árboles pequeños o arbustos, y el conjunto filtra el viento con especial eficacia.

Un seto constituye una protección contra el viento, donde el suelo se calienta más rápido que junto a un muro
Bajo los árboles, condiciones cambiantes
No todos los árboles ofrecen las mismas ventajas ni ejercen las mismas influencias.
- Los árboles y arbustos caducos son una protección muy eficaz contra los rayos del sol en los periodos más calurosos. Entonces crean un microclima fresco y sombreado, que las plantas de tipo ‘sotobosque’ aprecian. En invierno, despojados de sus hojas (que se transforman en un humus de calidad), dejan pasar una luz que favorece el crecimiento de ciertas plantas, como por ejemplo los bulbos tempranos. En cambio, el sistema radicular puede ser un obstáculo para la plantación. Cuanto más denso y superficial es, más limita las posibilidades, y el árbol extrae buena parte del agua presente en el suelo. Sus ramas actúan además como paraguas, impidiendo que el agua de lluvia alcance correctamente las plantas instaladas bajo su copa. Algunos árboles proyectan una sombra más o menos marcada, en función de la densidad de sus ramas y de sus hojas. Un abedul, por ejemplo, deja filtrar más la luz (luz tamizada) que un gran tilo (sombra densa).
- Los árboles y arbustos perennes proyectan una sombra densa durante todo el año, y al agua de lluvia le cuesta empapar el suelo de debajo. En cambio, son buenos escudos contra las heladas, que alcanzan el suelo con mucha más dificultad. Estas condiciones pueden convenir perfectamente a ciertas plantas.
- Por último, las coníferas, la mayoría de las cuales son perennes, tienen fama de dificultar las plantaciones a su pie. Sus agujas, al caer, además acidifican el suelo. Aun así, aunque la elección es más limitada, existen plantas adaptadas a estos parámetros.

El ramaje de los árboles caducos influye en las plantaciones posibles al pie de los árboles, al igual que los arbustos perennes
El mineral, un climatizador
Al igual que los muros, las superficies minerales tienen la ventaja de influir en la temperatura ambiente.
- Las terrazas de obra, sobre todo si están adosadas a un muro bien orientado, acumulan unos grados extra bienvenidos para plantas sensibles al frío. Por la noche, ese calor se libera y crea condiciones favorables. La otra cara de la moneda es que, durante el día, el calor devuelto puede convertir el lugar en un horno en poco tiempo. En invierno, en cambio, estas superficies pueden permanecer muy frías y transmitir ese frío a las macetas apoyadas sobre ellas; conviene elevar ligeramente las macetas, por ejemplo sobre pequeños calzos, para aislar mejor las raíces.
- Los xerojardines o las rocallas suelen ofrecer un drenaje apreciable, en particular a la altura del collar de las plantas (parte entre las raíces y los tallos), una unión a menudo sensible al exceso de humedad. Además de esta función de filtro, la grava cumple un papel térmico, al igual que las rocas y peñascos, bajo los cuales las plantas encuentran zonas más frescas, donde recuperar algo de humedad necesaria para su salud.

Una terraza mineral captará la radiación del sol durante todo el día. Un xerojardín es útil para cultivar plantas que necesitan mucho drenaje
Charcas, arroyos y fuentes, oasis de frescor
El sonido del agua producido por un elemento acuático, ya sea una charca, una fuente o un pequeño arroyo, aporta una sensación de frescor muy apreciada en los calurosos días de verano. Pero el beneficio no es solo una ilusión. Al evaporarse, el agua contribuye a hidratar el aire ambiente, de lo que se benefician las plantas de alrededor. Puedes recrear de forma artificial un microclima parecido si cultivas plantas en macetas, por ejemplo en un balcón: basta con llenar hasta el borde un platillo para maceta con grava o bolas de arcilla y, después, añadir agua. Coloca luego la maceta sobre el platillo. Las raíces no quedarán sumergidas en el agua, pero esta se evaporará poco a poco, creando un ambiente más fresco alrededor de la planta. Basta con reponer el nivel de vez en cuando.
En el caso de puntos de agua naturales en el terreno (es decir, que no han requerido la colocación de una cáscara de plástico y una lona), las orillas también se hidratan por capilaridad y escorrentía. La tierra de los alrededores está entonces mucho más fresca y húmeda que en el resto del jardín, y puede acoger así una amplia gama de plantas de ribera.

¡Una charca, por pequeña que sea, aporta una auténtica sensación de frescor! (foto: G. David)
Ayuda mutua dentro de un macizo
Las plantas instaladas juntas en un macizo también pueden ayudarse entre sí.
- Las más altas proporcionan sombra a las más pequeñas, y cada una puede ayudar a la otra a resistir mejor el viento.
- Plantas cubresuelos protegen el suelo de los rayos del sol, a la vez que limitan la evaporación.
- En verano, la transpiración de cada planta puede beneficiar a sus vecinas antes de dispersarse en la atmósfera.
- En invierno, apretadas unas contra otras (sin llegar a asfixiarse), e incluso secas, cada una puede desempeñar un papel protector contra el frío y el viento. Tenlo en cuenta antes de limpiar en exceso tus macizos al inicio de la estación.
- Puedes recrear estas condiciones en un balcón o una terraza, agrupando tus macetas en islas, cerca de una pared, por ejemplo, para ganar algunos grados adicionales.
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