Imagina una comida entre jardineros... y una conversación que se agota un poco. Todo parece haber sido dicho y todos están de acuerdo. El sopor te acecha y, en cuanto al ambiente, empieza a parecerse al salón de televisión de una casa de retiro. Para traer un poco de animación, te propongo un tema de peso: topos.
Verás, es formidable: cada uno tendrá algo que decir y sobre todo… nadie estará de acuerdo. Si los invitados son de buen talante, es decir, no demasiado propensos al consenso, la tensión subirá sin duda y la asamblea formará rápidamente dos bandos bien distintos… de los que propongo dibujar un retrato.
Los anti-topos, el bando n.º 1
Los anti-topos son fácilmente identificables: jardineros exigentes, inflexibles en lo estético de su jardín y no son precisamente del tipo que se deja vencer. ¿Un césped lleno de montículos de tierra? Indigno, intolerable. ¿Un macizo recién plantado completamente labrado? Pesadilla.
Pero también son expertos. Porque, para deshacerse o hacer huir a este nuisible, lo han probado todo. Pacifistas por naturaleza (normal, son jardineros), empezaron por los repelentes : unos ejemplares de Euphorbia lathyris, Ajedrezadas, Incarvilleas, todo ello aderezado con torta de ricino. Algunas se fueron, otras se quedaron. Entonces, pasaron a los ultrasonidos. Aparentemente no eran lo suficientemente ruidosos, invirtieron en soluciones explosivas y compraron mega petardos para, finalmente, recurrir a las vibraciones y clavaron una veintena bastones rematados con botellas de cerveza, considerando que, después de todo, el estilo de la tercera mitad podría ser un tema decorativo como otro. Ay, terminaron resignándose y compraron trampas. Y apretándose los dedos, no dejaron de gritar « ¡malditos topos! » ¡Pero eso, no lo presumen!

Los pro-topos, el bando n°2
No exageremos: los pro-topos no llegarían a criarlos, pero, un poco fatalistas, se han hecho a la idea. En su jardín, durante todo el año, rastrean estoicamente o recogen la tierra fina de las topineras para hacer sus siembras o rellenar sus macetas. Al principio, no estaban del todo contentos. Luego, conocieron a la intrusa cuando, instintivamente (tontamente dirán otros), la soltaron de las garras del gato. Qué pelaje tan bonito, qué carita tan dulce. Entonces la dejaron ir y la vieron cavar en el césped duro como el hormigón. Su potencia les dejó sin voz. Y ahí pensaron: respeto. Estos jardineros comprendieron rápidamente que, al final, la topo, esa malquerida, era tan útil como el erizo ya que en su menú no figuran bulbos ni raíces, sino gusanos de tierra y sobre todo plagas como abejorros, taupins y courtilières. Y además, en suelo compacto, mejoran el drenaje. Filósofos, los pro-topos siguen rastreando, resembran un poco de césped o aprovechan la ocasión para plantar algunos bulbos. En resumen, se mantienen zen, incluso si a veces alteran los semilleros.

¿Y tú, en qué bando te sitúas? ¿Detaupeadores acérrimos o fatalistas? ¿Un poco de ambos? ¿Algún consejo para compartir? ¡No dudes en dejar un comentario!

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