Para reproducirse, las plantas necesitan que su polen sea transportado de una flor a otra. Algunas utilizan el viento para ello: es el caso, por ejemplo, de las gramíneas y de las coníferas. Estas plantas no necesitan flores coloridas ni perfumadas, porque no tienen que atraer a los insectos. Pero esta técnica no es muy eficaz… El polen se dispersa en todas direcciones y solo una ínfima parte alcanzará otra flor de la misma especie. También existen plantas que utilizan el agua para transportar el polen, mientras que otras son polinizadas por aves (colibríes en las regiones tropicales), murciélagos, ciertos roedores…
Sin embargo, en nuestras latitudes, la mayoría de las plantas se sirven de los insectos para polinizarlas, porque probablemente sea la técnica más eficaz. Para ello recurren a una gran variedad de insectos: abejas, mariposas, moscas, abejorros, mariquitas, escarabajos, hormigas… ¡Sin ellos, muchas plantas desaparecerían!
Las plantas son inmóviles y no pueden por sí mismas ir en busca de los insectos… pero, como verás, despliegan gran ingenio para atraerlos !
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1- El perfume y el néctar
Las plantas juegan varias bazas para atraer a los insectos: colores, olores, formas… Su floración estimula los distintos sentidos de los insectos libadores.
Las flores atraen a los insectos desde muy lejos gracias a sus perfumes. Los insectos son muy sensibles a los olores, que perciben mediante receptores presentes en sus antenas. Estos olores les indican que la flor está lista para ser polinizada y que hay néctar disponible. El perfume también puede variar si la flor es joven o vieja, lo que da a los insectos una pista sobre la cantidad de néctar. Así, no pierden tiempo visitando flores que no estén maduras o que ya estén demasiado viejas. Su objetivo no es polinizar las flores, ¡sino alimentarse! El polen es una excelente fuente de nutrientes para las larvas, mientras que el néctar es rico en azúcares de rápida asimilación.
Los insectos no perciben los perfumes como nosotros. Algunos aromas florales que a nosotros se nos escapan son muy atractivos para ellos. Aprenden rápido a asociar el olor con la presencia de néctar… Pero atención, ¡algunas flores son astutas y emiten perfume sin ofrecer néctar!
Las flores que abren de noche suelen ser las más perfumadas. De noche es más difícil ver los colores, así que apuestan por el olor para hacerse notar. De hecho, algunas flores huelen más por la noche que de día. Las Dondiego de noche solo se abren al atardecer, liberan un perfume agradable y se marchitan por la mañana, reservando así su néctar a los insectos nocturnos.
No todos los perfumes florales son agradables. Las Aráceas, por ejemplo, desprenden un olor desagradable, a cadáver o a carne en descomposición, para atraer a las moscas que las polinizan (imitando su lugar de puesta).
Resulta interesante señalar que las flores polinizadas por el viento o por las aves no tienen perfume.
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2- Los colores y los rayos ultravioleta
¡Los insectos no perciben los colores como nosotros! La mayoría no ve el rojo, que les aparece negro. Distinguen sobre todo el amarillo, el violeta y el azul.
Muchos insectos se sienten atraídos por el color amarillo. Por eso hay tantas flores amarillas: dientes de león, narcisos, retamas, mimosas, girasoles, manzanillas, hipéricos… Del mismo modo, ¡el centro de las flores suele ser amarillo! Este color resulta especialmente atractivo para los dípteros (moscas), y en particular para los escarabajos sírfidos.
El violeta y el azul también atraen a los insectos. Encontramos estos tonos en muchas plantas, como la lavanda, el aciano, el muscari, las vincas, los delphinios o la borraja.
El rojo, el rosa y el púrpura atraen especialmente a las mariposas.

Las flores que se abren de noche suelen ser blancas y perfumadas para ser más visibles en la oscuridad. ¡Algunas de estas flores se cierran durante el día y se abren por la tarde, para reservar su néctar a los insectos nocturnos!
Pero, más allá de esos colores, las flores presentan motivos ultravioleta en sus pétalos, cerca del centro de la flor. Son invisibles para nosotros, pero no para insectos como abejas y abejorros. Esas líneas y manchas ultravioleta son para ellos como señales, que les ayudan a encontrar más fácilmente el centro de la flor. Así se guían hacia el néctar y el polen.

3- La forma de las flores y su disposición
La forma de las flores varía mucho según la especie. Algunas plantas tienen pocas flores grandes y bien visibles, mientras que otras producen multitud de flores pequeñas agrupadas.
Según su forma, no atraerán a los mismos polinizadores. Por ejemplo, las flores tubulares atraen a insectos provistos de una espiritrompa larga, como las mariposas. Son capaces de alcanzar el néctar que está al fondo del tubo floral. Algunas flores están incluso especialmente adaptadas a una sola especie de insecto (que es, por tanto, su polinizador exclusivo). Tomemos el ejemplo de la estrella de Madagascar (Angraecum sesquipedale), una orquídea con un tubo floral muy largo (unos 30 cm). Cuando la descubrió, Darwin predijo la existencia de una mariposa con una espiritrompa de esa longitud… Y tenía razón: 40 años después, ¡esa mariposa fue efectivamente descubierta!
Muchas flores, como las de la familia de las lamiáceas, tienen una parte inferior más grande que actúa como “pista de aterrizaje” para los insectos, sobre todo para las abejas.
Por último, agrupar las flores en inflorescencias ayuda a los insectos a libar con mayor eficacia. Les resulta más práctico pasar rápidamente de una flor a otra cuando están muy próximas.
4- Trampas y engaños
Cuando se trata de reproducirse, ¡algunas plantas están dispuestas a todo, incluso a engañar a los insectos! Las orquídeas son especialmente diestras en ello.
Tomemos el ejemplo de las orquídeas Ophrys, capaces de crear un verdadero señuelo sexual. Sus flores imitan a la hembra del insecto que a menudo las poliniza, como una abeja o un abejorro. Al mismo tiempo liberan feromonas… Así los machos se sienten atraídos e intentan copular con la flor. ¡Obviamente se marchan cargados de polen!
El Zapato de Venus es otra orquídea que atrapa insectos. La abeja se siente atraída por el color y el olor de la flor (feromonas). Una vez en su interior, queda atrapada en el pétalo inferior con forma de zapato, y debe seguir un estrecho pasadizo para salir. De este modo se frota con el polen y se lo lleva para depositarlo en otra flor.

Las Aráceas también son tramposas. Generalmente, sus flores huelen mal, como a carne en descomposición, para atraer a las moscas. En los aros, las flores incluso producen calor, lo que mejora la difusión de los olores. ¡En el centro de la inflorescencia, la temperatura puede ser hasta 20 °C superior a la del aire ambiente! Sus inflorescencias forman una “cámara floral”, en la que las moscas quedan atrapadas. Una vez cubiertas de polen, son liberadas y pueden ir a polinizar otra flor.
Así, frente a los insectos, las plantas no son tan pasivas como parecen. Aunque inmóviles, no les falta ingenio para engañarlos y hacerles transportar su valioso polen.

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