¿Cómo favorecer la vida del suelo en el jardín?
El suelo es un medio vivo, repleto de miles de organismos que es esencial conservar.
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¿Te has fijado alguna vez en el suelo de tu jardín o de tu huerto con un microscopio? ¡Claro que no! Sin embargo, esta observación te revelaría un mundo fascinante, compuesto por cientos de millones de organismos diferentes, ¡todos más importantes que los demás! En efecto, en el suelo de tu jardín, la actividad constante de todos estos seres vivos, en su mayoría totalmente invisibles a simple vista, culmina en la transformación de la materia orgánica inerte en elementos minerales, que pueden ser utilizados por las plantas y son indispensables para su crecimiento, su floración o su fructificación. De ahí la importancia de mantener este suelo activo y vivo, sabiendo que la fauna del suelo representa aproximadamente el 80 % de la biodiversidad animal.
Descubramos juntos cómo preservar y favorecer la vida de los millones de microorganismos que habitan el suelo de nuestro jardín.
¿Quién ocupa el suelo de nuestro jardín?
A primera vista, cada cual imagina que un suelo está formado por un equilibrio justo entre materia mineral y materia orgánica. Sin embargo, lo vivo ocupa un lugar esencial en él. De hecho, es la densidad, la vitalidad y la importancia de estos organismos vivos lo que determina la fertilidad de un suelo. De un suelo vivo, no hace falta decirlo: los suelos destinados a la agricultura intensiva, saturados de fertilizantes, pesticidas y trabajados mecánicamente en exceso, ya no son suelos vivos.
Así, en 1 m² de suelo no es exagerado decir que se esconden cientos de millones de organismos vivos, de tamaños diferentes. Y el 90 % de esta fauna y microfauna subterránea se concentra en los 10 primeros centímetros de tierra. Su función consiste en transformar la materia orgánica inerte en elementos minerales y nutritivos para las plantas. Pero también en estructurar y airear el suelo gracias a sus desplazamientos constantes y a sus numerosas galerías. Algunos de estos microorganismos, en concreto los hongos micorrícicos, permiten que las plantas se alimenten haciéndoles accesibles el agua y los nutrientes. La presencia de estos microorganismos es, por tanto, fundamental, ya que es lo que convierte ese suelo en un suelo vivo, activo y fértil… Sin esta vida invisible, un suelo está estéril.
Pero, ¿de qué está constituida realmente esta fauna del suelo? En realidad, según su tamaño, los microorganismos se clasifican en distintas categorías :
- La microfauna, compuesta por seres vivos inferiores a 0,2 mm como los protozoos, los nematodos, las bacterias, los rotíferos, los tardígrados… todos viven en la parte acuosa del suelo.
- La mesofauna, constituida por seres vivos cuyo tamaño está comprendido entre 0,2 mm y 4 mm. En esta categoría encontramos los microartrópodos, los ácaros, los colémbolos, los miriápodos, otros nematodos, los pseudoescorpiones…
- La macrofauna, que alberga seres vivos de entre 4 y 80 mm como los gusanos de tierra, las hormigas, los insectos y sus larvas, los isópodos terrestres, las termitas, los gasterópodos, las arañas…

En el suelo viven cientos de millones de microorganismos, algunos microscópicos, otros visibles a simple vista
Además de estos organismos vivos, hay otros igualmente vivos como los hongos y los mixomicetos, las algas… o incluso una megafauna, formada por vertebrados, que también desempeña un papel nada desdeñable para la vida y la estructuración del suelo, además de la transformación de la materia orgánica. Así, los topos, los pequeños mamíferos, los reptiles, los anfibios… también participan en la vida del suelo.
Como todos estos organismos vivos tienen regímenes alimentarios completamente distintos, todos contribuyen a que el suelo esté vivo. La materia orgánica aportada al suelo es fragmentada por la macrofauna; después, la consumen y la digieren los gusanos de tierra. Se obtiene el humus, en el que intervienen a continuación los hongos y las bacterias, que hacen que los elementos nutritivos presentes en el humus sean asimilables por las plantas. A cambio, las raíces de las plantas favorecen la presencia de estos microorganismos.
Las técnicas que hay que evitar para mantener un suelo vivo
Sin sorpresa, el jardinero, preocupado por preservar la vida del suelo, desterrará todos los productos de tratamiento del suelo químicos, a saber los pesticidas y otros insecticidas, fungicidas, herbicidas… que no hacen ninguna distinción entre la pedofauna útil y la que arrasa (aunque también tenga su interés). En efecto, en un suelo vivo y en un entorno sano donde se respeta la biodiversidad, todo se equilibra. La presencia de depredadores, plagas y patógenos se regula de forma natural. Y si hiciera falta, el jardinero puede recurrir a productos respetuosos con el medio ambiente o a purines y otras decocciones de extractos vegetales.
Hoy, prohibidos en la venta para particulares, los pesticidas químicos se han sustituido por pesticidas naturales, autorizados en agricultura ecológica. Para favorecer un suelo vivo, también hay que prohibir estos productos, porque no siempre distinguen entre plagas y microorganismos o insectos auxiliares. En cuanto a los abonos naturales, no tienen la función de mejorar o alimentar el suelo, sino más bien aportar directamente a las plantas los elementos nutritivos.
La otra técnica que conviene evitar en la medida de lo posible es el trabajo agresivo del suelo. En particular con maquinaria, motoazada o motocultor, que voltean el suelo a cierta profundidad. Al romper la estructura del suelo, las cuchillas de estas máquinas motorizadas perturban y eliminan las lombrices de tierra, destruyen sus galerías, desalojan los insectos y alteran por completo la vida microbiana y los organismos esenciales. Del mismo modo, las pasadas repetidas de estas máquinas pesadas tienden a compactar el suelo, impidiéndole «respirar».

La maquinaria motorizada, los pesticidas y, en menor medida, el cavado, alteran la vida del suelo
Del mismo modo, un cavado profundo también puede alterar la microfauna del suelo. Ciertamente, en menor medida que el motocultor, pero aun así con consecuencias. Asimismo, rompe la estructura del suelo y lo reseca. Ahora bien, el cavado puede ser útil en suelos pesados y arcillosos, porque permite aflojarlos. También tiene el mérito de sacar a la superficie algunas larvas destructivas, que pasarán al apetito de los depredadores (aves, musarañas, erizos…) o bien al rigor de las inclemencias y al frío.
En suelos más ligeros, el cavado del suelo puede ser perjudicial.
El trabajo y la Enmienda del suelo para favorecer la vida
En el párrafo anterior, hemos visto los inconvenientes de la cava profunda, al menos en suelos ligeros, es decir, arenosos, limosos y arcilloso-limosos. Para eso, es necesario trabajar bien la tierra, con suavidad, sin romper su estructura. Basta entonces con descompactar el suelo, sin darle la vuelta, con una biohorquilla o una grelinette®. Estas herramientas permiten aflojar y airear el suelo a 20 a 25 cm sin destruir ni perturbar la microfauna ya instalada. Gracias a los dientes clavados en la tierra y a los dos mangos tirados hacia uno, el terreno se desmenuza en profundidad, sin ser volteado. Las lombrices quedan entonces a salvo, la vida microbiana se conserva, porque las capas de tierra no se mezclan. Y tú te quitas de encima bastante trabajo. Para saberlo todo sobre el uso de esta herramienta: ¿Para qué sirve una biohorquilla?
En el mismo sentido, el croco es una herramienta que también conviene redescubrir, porque su función es la misma: aflojar el suelo a unos diez centímetros de profundidad. Para ir más lejos: ¿Para qué sirve una azadilla o un croco?

Un suelo, trabajado con suavidad y enmendado, es un suelo vivo
Para favorecer la vida del suelo, también es fundamental aportar enmiendas orgánicas en otoño y en primavera, justo antes de las siembras y plantaciones. Estas enmiendas, evidentemente, serán muy útiles para la composición del suelo, pero también para su estructura, el enraizamiento de las plantas y la retención de agua. Sin embargo, sobre todo serán una fuente de alimento para todas las capas de microfauna que las transformarán en humus. Por eso es esencial aportar compost al suelo, pero también tierra de hojas, o incluso estiércol.
Para ir más lejos y saber más, te invitamos a descubrir nuestros diferentes artículos sobre enmiendas:
La manta de suelo, esencial para la vida de la microfauna
Para favorecer la vida del suelo, además es importante no dejarlo desnudo. De hecho, un suelo desnudo queda expuesto a las inclemencias del tiempo, que forman una costra superficial que impide la circulación del agua y del aire, y por tanto la vida de la pedofauna. Del mismo modo, un suelo desnudo se calienta mucho en verano y se enfría de forma brusca en invierno con las heladas. Así pues, la inestabilidad térmica altera la vida de la microfauna. Por último, en un suelo desnudo el agua se evapora con más facilidad. Sin olvidar que un suelo desnudo se agota rápidamente: sin aportes de materia orgánica, la microfauna no puede alimentarse. Y acaba desapareciendo.
Por eso es esencial aportar una cobertura a ese suelo. Y de diferentes maneras:

El acolchado y el cultivo de abonos verdes permiten cubrir el suelo y, así, favorecer la vida de los microorganismos en el suelo.
- El acolchado : si está formado por materia orgánica, de procedencia comercial o casera, es muy útil para la vida del suelo. En efecto, con el tiempo, este acolchado se irá descomponiendo, producirá biomasa y así alimentará a los microorganismos del suelo, que lo transformarán en humus. No todos los acolchados son iguales, y para favorecer la vida del suelo, los acolchados caseros, como los restos de césped seco, las hojas muertas, las ramitas trituradas, los residuos de cultivo, la paja, el heno, el compost… son perfectos. Las hojas de consuelda o de ortiga también pueden utilizarse como acolchado
- Los abonos verdes o cubiertas vegetales : se siembran en primavera o en otoño en parterres libres o entre cultivos. Producen materia orgánica, estructuran y enriquecen el suelo, atraen a los insectos polinizadores… Gracias a su potente sistema radicular, estos abonos verdes descompactan y airean el suelo, facilitando así la vida microbiana. Además, al descomponerse, en superficie o enterrados, su materia orgánica se devuelve a la tierra, produciendo así humus.
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